El gran enemigo
Hay enemigos que solamente se descubren escudriñando
cuidadosamente las
imágenes de los espejos
En
estos momentos de grandes cambios, como cambios hay siempre en todo momento, un
verdadero y potente enemigo está muy presente en todas partes, a veces
invisible, siempre recreándose y ganando más poder y territorio bajo nuevas e
impredecibles formas.
No se interesa por los tiempos, no respeta los calendarios. Para él, implacable,
todo es ahora, todo es presente.
Es un depredador muy cruel, insaciable y tenaz. Uno que sabiamente yace atento
esperando por las mejores oportunidades para atacar, y casi siempre tiene éxito.
Tiene éxito, porque muchos pierden fácilmente la fe. Otros olvidan. Tiene éxito,
porque es más fácil rendirse a él, que enfrentarlo. Lo tiene también porque este
mundo se encuentra muy sediento de amor. Los corazones de las personas parecen
resecos del rocío tibio de la verdadera fraternidad. Del néctar dulce de la
unión afable. Del cálido abrazo de la sinceridad, cuyos brazos nacen desde las
entrañas más hondas y comprometidas del Ser.
Entre sus muchas armas este enemigo cuenta con la duda y la parálisis. La
inseguridad. La inacción. El desentendimiento y la confusión; y tantas otras.
Su comportamiento es viral, y prolifera rápidamente. Se contagia principalmente
a través de la ignorancia, infectando las mentes y haciéndose con los corazones
de los pobres de cualquier ralea.
No es un veneno, pero intoxica el alma, y a través del alma, la actitud.
Primero atacó a los débiles; pero orada ingenioso la voluntad de los fuertes, y
así cuando puede se apodera de ellos también. No conoce fronteras, ni edades. No
distingue clases sociales o género. No tiene moral. No guarda memoria.
Este mortal enemigo, queridos hermanos, no es un virus, pero ya es pandemia. No
es un terremoto, pero quiebra tajante aquellas virtudes que no tienen arraigo
profundo. No es fuego ni lava ardiente, pero quema y consume la esperanza del
desprevenido tal el fuego transforma en cenizas al tronco seco. No es un
demonio, pero corrompe el bien inmaduro.
Este enemigo, hermanos queridos, tan hábil es, que se esconde mañoso bajo el
manto de la simpleza y la obviedad, porque sabe que pocos allí le buscan.
Aquí lo tenéis, suelto, perdido, solemne. Desterradlo de vuestros dominios.
Impedidle el paso. Forjad vuestra espada de discernimiento y rectitud.
Hermanos, de verdad os digo que si no estáis firmes en el amor, ciertamente el
miedo podría conquistaros.
Lauro Alonso - 01 de Marzo de 2010
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